martes, 18 de marzo de 2008

Elogio del afeitado en vísperas del Día del Padre

Cuando yo era un zagal, durante la larga enfermedad de mi padre, Pepe el barbero venía a casa dos veces por semana para afeitarle. En cuestión de minutos se desarrollaba todo un ritual que incluía la disposición del espejo de la entrada sobre la mesa camilla –convenientemente apoyado sobre la pared-, el llenado del pequeño recipiente con agua para que Pepe pudiese enjuagar la brocha, y finalmente el propio afeitado, tras el cual el rostro de mi padre quedaba tan apurado como jamás he visto. En todo este oficio yo hacía las veces de monaguillo de Pepe, ayudándole con el espejo, el agua y demás, mientras observaba con atención el proceso que de forma invariable terminaba con la aplicación del masaje marca Flöid –no se decía “after shave”-. Aún hoy guardo una botella de este líquido naranja, que no utilizo porque escuece de cojones, simplemente para destaparlo y olerlo de vez en cuando, porque huele a sábado de la infancia y sobre todo huele a la cara de mi padre, cuya imagen empieza a ser borrosa en la memoria.

Luego me llegó la hora de afeitarme y, todos estos años, he sido esclavo del invento de King Gillette. Nunca he ido al barbero –salvo a cortarme el pelo- y muchas veces, al pasar por la puerta del local de Pepe –aún abierto frente al Centro Cultural Puertas de Castilla-, he tenido la tentación de entrar, sentarme y pedir un afeitado a navaja... hasta este fin de semana, en que fuimos al cine a ver Sweeney Todd, el diabólico barbero de la Calle Fleet, de Tim Burton. Una pequeña delicia que nos recuerda el poder absoluto del barbero sobre nuestras gargantas.

Por cierto, Johnny Depp canta de puta madre.

2 comentarios:

manuelmartínez dijo...

Muy bien, Víctor.
Yo me he afeitado una vez a navaja, cuando hacía la mli, pero por pura tonteria y aburrimiento, eso si, razón tienes que no hay nada más apurado y fino.

sebicas dijo...

Preciosa historia de recuerdos infantiles imborrables (olores, sensaciones, sentimientos...) y de rostros y cariños paternos que, desgraciadamente cuando se van, se nos diluyen, misteriosamente y para nuestra pena, poco a poco